El acto lynchiano de dejarse llevar
Una reflexión gracias a Twin Peaks.
Hace unos días, recordé que debía retomar mis sesiones de sentarme a ver Twin Peaks (hasta puse una nota al respecto, como ven arriba). Es una serie a la que le he huído por distintas razones, la principal siendo que, como estudiante del arte audiovisual por muchos años, me costaba bastante dejar de racionalizar las películas y series que veía. Por un tiempo pensé que analizar el arte que consumía me iba a permitir descifrar el porqué detrás de su magia, la fórmula secreta que dictaba su éxito. Esa es en parte mi motivación con Nandología: intentar entender el proceso creativo en toda su complejidad. Sin embargo, nunca sentí que lograba dar con la quintaesencia del acto de crear.
Hoy, años después de hacer un cambio de carrera hacia el diseño de producto, y gracias a la recomendación de otras almas que he conocido en este camino (gracias Judit !), opté por finalmente sentarme a ver Twin Peaks. Y esta vez, algo muy curioso pasó.
Casi nada de lo que vi en esta serie me hacía mucho sentido a nivel de estructura narrativa. El Nando de hace cinco años la hubiese dejado antes de acabarse el primer capítulo. Pero esta vez me resultaba imposible. Alguna fuerza magnética me mantuvo pegado al televisor, y aún lo hace en estos días que recién empiezo la segunda temporada.
¿De qué va esto? ¿Qué tiene exactamente Twin Peaks que la hace tan seductora? Hay varios video-ensayos interesantísimos en YouTube que ahondan en estos temas mucho mejor que yo podría hacerlo. Personalmente, siento que tiene mucho que ver con su creador central, David Lynch.
Lynch fue un cineasta único en muchos sentidos, pero lo que más me trama de él no es su método sino quizás su ausencia de cualquier método preestablecido. Leyendo su libro Atrapa al pez dorado, en el que habla muy a favor de la meditación trascendental, me sorprendió la cantidad de elementos de Twin Peaks que sucedieron casi que por azar. Cosas que Lynch no veía como azar, sino como actos de sincronicidad de la vida misma. Accidentes felices que llevan el libreto inicial a un mejor lugar, o que, como dice Lynch, debieron ser parte del mismo libreto desde el principio.
A mí me cuesta mucho soltar las riendas a la hora de crear. Tiendo a ser muy metódico en las cosas que hago, algo que me ha traído bastante ansiedad y tensión. Ver una obra como Twin Peaks rendirse tanto ante lo espontáneo, el sinsentido, el azar, las contradicciones propias de la vida misma, me hace creer cada vez más que sí es posible soltar y dejarse llevar. Que no todo debe tener sentido desde el principio, que crear es menos sobre entender y más sobre sentir.
Así que sí, amo Twin Peaks precisamente porque, a pesar de no terminar de entenderla en el sentido más racional y analítico de la palabra, la disfruto profundamente. Conecta con mi alma de formas que difícilmente he vivido con otras obras. Quizás es porque lleva el espíritu del mismo Lynch, aquel artista que entendió desde muy temprano que el arte de crear no es sino el arte de escuchar, de estar atentos a lo que la vida nos trae, por más contradictorio que parezca.
Por mi lado, seguiré intentando dejarme llevar:



