El sonido de gaviotas en Venecia
La catarsis del momento presente.
Este texto surgió a partir de un ejercicio de escritura libre, una especie de corriente de consciencia.
Acabo de percatarme de algo: mis ojos se desenfocan del entorno cuando mi cabeza necesita liberar tensiones. ¿Quizás es la necesidad de desconexión? ¿El anhelo de serenidad? ¿Un acercamiento al yo?
Hace meses que no pienso el tema de la soledad. Hoy por hoy me siento en paz con ella, incluso si como animal social aún requiero alguna ocasional conexión, algún encuentro fugaz que recargue mi interior. Quizás de esto va aquello que llamamos “el sentido de la vida”, uno que cada quien concede a su misma existencia. No encontré el sentido en el amor romántico ni en el amor por mi trabajo. Lo más cercano que he estado a encontrar el porqué de seguir respirando es cuando he logrado estar cómodo con mi soledad.
Como cuando el sonido de gaviotas en Venecia me hizo llorar.
Aún lo recuerdo. Recién llegado del bus desde el aeropuerto veneciano, empecé a caminar hacia mi hotel, morral en mi espalda y cámara alrededor del cuello, perdiéndome por las calles laberínticas de las islas venecianas. En algún giro que hice, me encontré con un parque.
No sé qué fue exactamente, pero algo de ese parque lo hacía inusual. Alguna presencia sobrehumana, alguna memoria que aprendió a vivir sin su dueño. Algo tuvo que revelarse en ese momento porque, justo cuando me propuse tomar fotos de los árboles, las gaviotas permearon los aires con sus cantos vespertinos, tanto que penetraron las corazas más sólidas de mi espíritu y la vulnerabilidad contenida en mis memorias rompió sus cadenas, con hambre por salir y conocer el mundo.
La primera lágrima que trazó una línea en mi mejilla no fue suficiente para la necesaria liberación de mis emociones. La segunda y tercera fueron mejores, pero aún no llegaban al umbral requerido. Fue quizás en la décima en que mi alma empezó a sentirse a gusto.
En ese instante, tuve una claridad que jamás he podido volver a invocar, por más que lo intente.
Supe que estar vivo es un milagro, que escuchar el canto crujiente de aves italianas es una caricia para los sentidos, un abrazo del mundo hacia ti.







Me teletransportaste a la linda Venecia. Creo que sentí algo similar cuando entré al Palazzo Ducale. Definitivamente vivir es un milagro. Que bella escritura.