Epístola sobre mi niño interior
Hola XXX,
No te escribo para rememorar el pasado. Creo que ambos hemos logrado dejarlo en el baúl de los recuerdos que tanto atesoramos.
Te escribo porque llevo un par de meses en Barcelona y he tenido varias experiencias significativas. A continuación te narro una.
Iba sentado en el metro, regresando de haber comprado una cámara analógica a una vendedora polaca. Una amiga me había acompañado a realizar la transacción e iba sentada a mi lado. Venía hablando de las fotografías que tomaría con este artefacto, cuando se abren las puertas del metro y entra una madre con su hijo, un niño de unos cinco o seis añitos. Llamémoslo Lazarito.
Lazarito se sentó frente a mí, y con un aire de emoción y ternura le pidió a su madre algo. Ella metió la mano en una bolsa que traía enganchada en su brazo izquierdo y sacó una casita de juguete, junto con un par de figuritas que podían o no ser parte del set de la casita. Le entregó todo esto a Lazarito, quien procedió a poner todo a su lado y a posicionar las figuritas dentro de la casa. Iba haciendo muecas mientras diseñaba su escenario mágico, como hablando solo, o quizás narrando la situación para el público de su cerebrito.
Mi amiga me decía algo, pero yo no la escuchaba. Estaba concentrado observando a Lazarito, tratando de descifrar las características del universo que iba armando en su cabeza. ¿Eran dos personajes en una historia? ¿Era esta historia una feliz, o quizás más dramática? ¿Estaba acaso reconstruyendo una situación de su hogar o dejando su mente volar a mundos inexplorados?
Mientas pensaba esto, me invadieron las ganas más repentinas y extrañas de llorar. Mis ojos se aguaron, mis manos se entumecieron, y sentí un nudo en la garganta.
Algo de este niño, de Lazarito, había logrado tocar las cuerdas musicales de mi alma.
¿Qué habrá sido? Tengo una teoría: Lazarito me recordó a cuando yo hacía lo mismo a su edad. Yo no viví una infancia triste ni mucho menos, mas sí una muy solitaria. No lo digo de forma negativa; mi soledad era en gran parte escogida. Me gustaba estar en mi cuarto armando mis historias con papel y lápiz, con juguetes, con música, con cualquier instrumento creativo que tuviese a mi alcance. El tiempo y la sociedad me han ido alejando de estas memorias, llenándome del escepticismo y cinismo característicos de la adultez, necesarios para sobrevivir a un mundo que cada vez más se pierde en empresas banales, carentes de sustancia o de humanidad.
Ver a un niño inmerso aún en esta libertad, un ser humano que aún no ha sido corrompido por lo ineluctable, me hace vivir dos duelos: uno por la infancia que me fue arrebatada sin mi consentimiento o entendimiento, y otra por la que seguro le quitarán a Lazarito en algún momento del futuro, tan incierto pero tan predecible a la vez.
Los modales llegaron a mí antes de que cayera la primera lágrima, y logré mantener la compostura en el metro. Me paré al sonar la alarma de llegada a mi estación, y seguí con mi día.
No obstante, Lazarito no se ha ido de mi mente. Me pregunto qué estará haciendo en este instante, qué situaciones estará viviendo en su hogar. Sólo espero que pueda seguir viviendo en su imaginación, esa que tanto intento recobrar cada vez que me levanto de mi cama a seguir existiendo.
Si algo se queda contigo de esta historia, que sea esto: no olvides a tu Lazarito interno, ese que te pide tomar los juguetes y transportarte a ese lugar al que ibas cuando corrías por el jardín, cuando te acostabas y te quedabas mirando las estrellas, cuando te perdías en un buen libro.
Cuando aún nos permitíamos soñar.
Con amor,
Nando



