"Gracias por traer tanta alegría a todo lo que haces."
Un halago inesperado.
Recién vengo de concluir un viaje que hace un par de meses nunca me hubiese imaginado podía suceder. En una de sus innumerables e impredecibles peripecias, la vida me permitió, luego de años de estar acostumbrado al trabajo remoto, compartir una semana de relacionamiento con mi nuevo equipo de trabajo.
Tuvimos la oportunidad de ir a un onsite en Texas, donde pude recordar cómo se sienten las complicidades no verbales, las promesas tácitas que se construyen dentro de espacios inmersos en risas compartidas, la ligereza que solo surge cuando te permites tomarte la vida no tan en serio.
Al regresar a casa, y en conversación con varios de mis compañeros de viaje (y ahora de mi cotidianidad laboral), uno de ellos me dijo algo que caló en mí de formas que no esperé:
“Gracias por traer tanta alegría a todo lo que haces.”
Me explico:
A lo largo de mi vida, los cumplidos que he recibido han tendido hacia los lados más taciturnos de mi ser. Frases como:
“Gracias por escucharme.”
“Gracias por tus consejos.”
“Gracias por ser tan comprensivo.”
Ya se habían vuelto tan comunes que inevitablemente había formado un concepto de quién soy, de mi identidad, como una especie de arquetipo. Si algo tienen los arquetipos, es que terminan condicionándonos.
Sí, han habido ocasiones en que tomo decisiones o hago cosas porque “esto es lo que yo haría”, porque cumplen con un perfil que yo mismo me encargué de perpetuar. De la misma forma, he dejado de hacer cosas porque no cumplen con ese estereotipo mental.
Porque “ese no soy yo.”
Entre las cosas que no me permitía, quizás la más significativa era la alegría. Me ha costado apropiar la idea de sonreír y verle el lado juguetón a la existencia porque el Nando que había construido hasta el momento debía ser “superior” a esas cosas.
Debía ser “más adulto”. “Más serio.”
Por eso, escuchar a alguien decirme que traigo alegría a todo lo que hago me tomó desprevenido.
Porque la verdad es que nunca antes me lo habían dicho.
El niño interior
Hace poco leía que una de las bendiciones de tener hijos, dentro de todo el esfuerzo que implica, es que le permite a los padres retomar actividades con sus bebés que pensaron jamás iban a volver a experimentar. Una carcajada sincera al jugar al escondite. La sensación de plenitud al construir un castillo con Legos. La ternura de la inocencia al hacer roleplay con juguetes de superhéroes.
Aunque no está en mis planes tener hijos en el futuro cercano, de un tiempo para acá, he hecho un esfuerzo consciente por reconectarme con mi niño interior, por buscar precisamente esos momentos de diversión a los que tuve que decirle adiós cuando el tiempo me obligó a crecer.
Al finalizar este viaje y recibir ese comentario sobre mi alegría, me di cuenta de que, por una semana entera, no me puse ningún tipo de trabas. No obstaculicé mis impulsos bajo la pretensión de expectativas sobre cómo me debo comportar. No me negué la oportunidad de vivir.
Simplemente… fui. Fluí. Sentí lo que quería sentir. Reí todo lo que quise reír.
Fui alegre.
Mucho más de lo que alguna vez pensé que podía serlo.
Riámonos de la vida
Hace unos meses, puse en mi estatus de Whatsapp la frase: Life is absurd.
Mi motivación venía de haber leído El mito de Sísifo, de Albert Camus.
Seguramente ya todos estamos familiarizados con Sísifo, pero para dar contexto: Sísifo, en la mitología griega, fue condenado a empujar una pesada roca a lo largo de una colina, hasta su punto más alto. Al poder alcanzar este objetivo, la roca rodaba por la colina nuevamente hasta su punto más bajo, obligando a Sísifo a volver a empujarla, y así por toda la eternidad. Hace alusión a la aparente futilidad de la existencia, la eterna pregunta: y qué sentido tiene todo esto?
Sin extenderme mucho, Camus argumenta que, si en efecto la vida no tiene sentido, si es posible llamarla absurda, entonces es posible, y hasta imperativo, abrazar ese carácter absurdo y vivirla con felicidad.
En sus palabras,
“La felicidad y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables.
(…)
El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.”
Me propongo, entonces, ser como Sísifo: dichoso dentro de lo absurdo.
Me propongo apropiar esa alegría que, serendípicamente, pude encarnar en esta reciente travesía por las tierras tejanas cuando me permití soltar.
Me propongo seguir el espíritu de aquella frase atemporal de Chaplin:
“Mirada de cerca, la vida es una tragedia, pero vista de lejos, parece una comedia.”






