La belleza de la impermanencia
Mono no aware.
En la terminología japonesa existe una frase que ha habitado en mi mente desde hace años: mono no aware. Se traduce, de forma imprecisa, como “la sensibilidad ante lo efímero”, o “la belleza melancólica de las cosas que se desvanecen”. No es una tristeza desgarradora, sino una aceptación serena de que todo, lo bueno, lo bello, lo que nos llena, está destinado a terminar. Y quizás, precisamente por eso, nos conmueve tanto.
Si hay algo que me duela de verdad, es el hecho ineludible del fin de las cosas. Este café que me tomo hoy se va a terminar. Esta alegría vespertina con amigos llegará a su fin cuando tengamos que irnos. Este viaje alcanzará su clausura al tomar rumbo nuevamente hacia mi origen. Esta vida, tarde o temprano, cesará de existir.
No estoy muy seguro de esa última. Bastante se ha hablado ya sobre la búsqueda de la inmortalidad a lo largo de la historia humana, y sobre cómo las mentes más brillantes se han rendido ante ese final del cual no se escapa nadie, optando a su vez por obtener la longevidad a través de sus acciones, sus obras, las emociones que imprimen sobre los demás.
Luego de vivir cosas extraordinarias en Barcelona, de sentir que he crecido más en estos diez meses que en los anteriores cinco años, decidí volver a Colombia, a mi casa. Las razones que justifican esta decisión rondan tanto en lo laboral como en lo personal. Quizás las exprese en otro momento. Lo que invade mi mente en estos días es la sensación de haber conocido almas cuya existencia era desconocida para mí hace apenas un año.
Qué extraño, ¿no? En este mismo día, visto desde el 2024, yo era una persona llena de incógnitas sobre la vida e intuiciones sobre la dirección que la suya debía tomar. Asumía que iba a adquirir conocimientos, por supuesto, pero nunca se me pasó por la cabeza que las personas que conocería aquí iban a plasmar su esencia de forma tan profunda en mí. Nunca pensé que llegaría, como llega siempre, el momento de despedirme, con la duda existencial de si los volveré a ver, si volveré a verlos como los veo hoy, a sentirlos y abrazarlos como lo hago hoy.
Aún no sé la respuesta a esa pregunta, y probablemente nunca la sepa. Coexistir con la duda, con los grises, hace parte de madurar. Lo que me da la suficiente energía para seguir caminando, seguir buscando nuevas oportunidades y desafíos, es la certeza de que estos momentos fueron reales, que mi vida es mejor por haberlos conocido, y que espero que sus vidas reciban algo de influencia por haberme conocido a mí.
Me voy, pero una parte de mí se queda acá, esa que seguirá viniendo para encontrar refugio en el recuerdo. Esa que quiere que este sentimiento, esta experiencia, permanezca.







