La ironía de la soledad
Este texto es un experimento. Decidí transcribir unos pensamientos grabados en voz y convertirlos en un artículo, de modo que el pensamiento estuviera lo menos filtrado posible. No fue escrito desde la razón, sino desde la necesidad de capturar lo que sentía en un momento concreto.
Hace unos días volví de un viaje a Atenas, en Grecia, en el cual siento que descubrí muchas cosas de mí mismo. Estar rodeado de tanta historia, tantos rastros de la destreza y el esfuerzo del ser humano, de la capacidad de pensamiento y reflexión de almas y mentes que vinieron mucho antes de mi existencia en esta tierra, fue inspirador y edificante. Creo que fue un viaje lleno de reflexiones personales, y hay algunas que se me vienen a la mente en este momento.
Hace unas semanas me había dicho a mí mismo que iba a cerrar —o ni siquiera cerrar, borrar— las redes sociales que tenía en ese momento, con el propósito expreso de desconectarme del ruido del mundo para poder conectarme conmigo mismo. Al principio fue difícil, y los hábitos adquiridos por años de uso seguían ahí. Pero embarcarme en este viaje, en el cual miraba hacia atrás, hacia una época en la que unos seres humanos no tenían estas facilidades y, aun así, tenían muy entrenada la capacidad de imaginación y de hacer sentido de la realidad que los rodeaba, creo que me ayudó bastante.
Una de las grandes reflexiones que tuve fue sobre la soledad. La soledad hoy la entendemos como algo negativo, como algo que debe esconderse, como un momento transitorio, como una tormenta que eventualmente va a pasar o una ola de invierno que eventualmente se va a ir. Algo temporal, algo de lo que debemos salir. Y me sorprendió que en este viaje no sentí la presión de querer salir de ese estado, a diferencia de viajes anteriores. Pude conectarme conmigo mismo y, por ende, con otros: con las personas que me rodeaban, tanto las que simplemente observaba y de las que aprendía, como también con aquellas con las que pude entablar conversaciones, por más efímeras que fueran.
Me di cuenta de que, de la misma forma en que aquellos filósofos y poetas de la antigua Grecia se conectaban consigo mismos —con su creatividad, con su capacidad de ir más allá mediante la imaginación—, eran también capaces de conectar con las personas a su alrededor y con el mundo. Y no pude evitar pensar que todo eso hubiera sido mucho más difícil si yo hubiera estado conectado con el mundo digital.
Si hubiera estado aún atrapado en ese círculo vicioso tan notorio, en el cual te preocupa lo que los otros piensan de ti, por ende piensas en qué publicar, lo cual solo hace que te preocupes más por lo que los otros piensan de ti, lo cual hace que publiques más y estés más conectado… y así sucesivamente, hasta que se vuelve una bola de nieve insostenible. Romper con ese ciclo fue muy edificante. Fue maravilloso.
Me ha llevado a estados mentales y emocionales que pensé que ya no existían en mí. Me ha permitido vislumbrar nuevamente la esencia y la belleza del mundo en el que tengo el privilegio de estar viviendo. Me ha permitido volver a sonreír, a sentir la música que permea el silencio de la cima de una colina desde la cual puedes ver toda la ciudad. Un lugar donde escuchas tantas cosas a tu alrededor, pero sobre todo escuchas los designios de tu alma.
Cuando hay silencio, te escuchas a ti mismo. Escuchas la voz de la vida misma. Creo que es la mejor música que existe.
Pude tener nuevamente el placer de perderme en una lectura, en un mundo imaginario creado por algún autor que, quizás, también tuvo el privilegio de perderse en ese mundo en su momento. Yo creo que vivimos en un mundo que tiene mucho por ofrecernos, muchas razones para hacernos sonreír. Y creo que hacer el propósito intencional de conectarnos más con ese mundo —con ese mundo físico— nos puede traer más felicidad.
Por lo menos, a mí ya me la ha traído.



