Los límites liberan la creatividad
Una historia sobre un cortometraje.
Permítanme contarles una pequeña historia.
Hace más de media década, en el marco de mis estudios audiovisuales, decidí ponerme en la tarea de escribir un guión de cortometraje de ficción. La clase que cursaba en ese momento, llamada precisamente Guión de Ficción, me había puesto a escribir varios guiones ya. Cada uno tenía particularidades; recuerdo uno en que intentábamos crearle una historia a alguno de los personajes secundarios del clásico moderno No Country For Old Men, de los hermanos Coen. Era una especie de semilla para la creatividad, un punto de partida para ponernos en marcha.
En lo personal, esa dinámica me frustraba. ¿Por qué iba yo a ponerme barreras frente a mis ideas? ¿De qué me servía ponerle cercas tan estrechas a mi ejercicio de escritura? ¿No se trataba precisamente de lo contrario, de ser libres?
Este guion que quería escribir no tenía ninguna condición impuesta por el profesor. Debía ser algo completamente propio.
Era justo lo que quería. Y era justo lo que me estaba amargando la existencia.
Las musas no querían hablarme. No se me ocurría nada. Me daba en la cabeza todos los días (figurativamente, claro) y cada vestigio de idea era peor que el anterior. Mi frustración iba en exponencial aumento.
Hasta que una noción vino repentinamente a mi cabeza.
¿Qué tal si aquello que tanto aborrecía de mis ejercicios anteriores era en realidad mi mayor ayuda? ¿Qué tal si ponerme límites significaba, irónicamente, liberarme?
Decidí ponerlo a prueba. Para escribir este guion, necesitaba reglas de juego. Tres reglas me sonaban suficientes.
Escogí las siguientes:
Todo el guion debe suceder en una sola locación.
El guion debe tener un solo personaje.
Dicho personaje no puede decir una sola línea de diálogo.
Drástico, sin duda. Las reglas parecían tan fuertes que por un segundo llegué a pensar que me estaba poniendo una camisa de fuerza.
Hasta que empecé a escribir.
La historia que salió de esos límites llegó a mi cabeza casi de golpe. La escribí toda en una sola sentada.
Lo leí de vuelta y me sentí satisfecho. Había logrado lo que quería. Las musas me habían hablado por fin.
Lo más bonito de este recuerdo es que eventualmente logré convertir dicho guion en un cortometraje, con la ayuda de un grupo de amigos de la carrera también apasionados por el audiovisual.
Curiosamente, la razón por la que escogimos hacerlo fue porque era relativamente simple de hacer. Los límites que decidí ponerme terminaron jugando a mi favor de muchas formas.
Hoy por hoy, recuerdo este momento de mi vida como un ejemplo del valor de ponerse límites. A veces la creatividad aborrece la ausencia de reglas. Necesita un norte, una brújula que le diga, como mínimo, hacia qué dirección ir. El resto vendrá por sí solo.
Sigo orgulloso del cortometraje. Pueden verlo a continuación:



