[Reflexión] Darlo todo por nuestro arte
Una opinión sobre Megalópolis antes de verla.
Empiezo con una aclaración: no me he visto Megalópolis.
Francis Ford Coppola, maestro detrás de la trilogía de El Padrino y Apocalypse Now, estrenó en Cannes lo que parece ser su despedida del medio cinematográfico. Le he seguido la pista a la cinta desde hace rato y poder disfrutarla en el futuro cercano me tiene emocionado, especialmente considerando que Coppola decidió financiarla totalmente desde su propio bolsillo.
La crítica ha brillado por lo que sabe hacer: criticar, en aras de crear encabezados atractivos para pescar vistas en el universo virtual del Internet. He recibido videos de Tik Tok en los que miríadas de influencers se encargan de replicar las mismas frases superfluas y carentes de cualquier reflexión medianamente decente, una práctica que, por desgracia, se ha exponenciado en los últimos años como resultado de la facilidad que nos da la interconectividad constante.
Siempre se repite el mismo patrón: alguna opinión se vuelve tendencia en redes, y los demás críticos se encargan de repetirla como borregos, en una cámara de eco abrumadora en su ridiculez. Opinan lo que está de moda, no lo que realmente creen (si es que realmente creen en algo, pero eso es otra discusión.)
"Nando, pero tú ni te la has visto. ¿Con qué autoridad cuestionas a los que sí la han visto?"
Si esa frase se pasó por tu mente, me parece totalmente válida. Eres perfectamente libre de etiquetarme como un ignorante y seguir tu camino.
No obstante, mi invitación va hacia la reflexión desde otro lente.
Pienso en las condiciones en que se hizo la película. La idea de Megalópolis venía gestándose en la cabeza de Coppola desde los años ochenta, con varios intentos fallidos de hacerla realidad. Incluso llegó a rendirse en algún momento, no siendo capaz de encontrar una manera satisfactoria de hacerla.
Saltamos al día de hoy, de los años ochenta del mundo a los ochenta de Coppola, y el director decidió hacerla a como dé lugar, incluso si eso significaba gastarse gran parte de su propio dinero, incluso si eso significaba un gran riesgo al fracaso financiero, incluso si eso significaba manchar su legado cinematográfico por siempre.
Hay algo hermoso en ver a un director en el ocaso de su vida darlo todo por su arte.
Hay algo poético en que la película que representa dicho arte elija contar la historia de un arquitecto idealista llamado Cesar Catilina cuyo objetivo es reconstruir una ciudad como una utopia, en contra de las opiniones y reservas de todos, casi como si Coppola hubiese anticipado la recepción que la crítica tendría de su obra (las películas de Coppola siempre han sido espejos de su realidad como artista y ser humano).
Hay algo genuino y refrescante en ver a un director apostar tanto por una idea completamente original, desligada del confort somnoliento de una industria atada a su decadencia, víctima del tiempo y de sus propios inventos.
Desde el punto de vista de la industria cinematográfica, Coppola no necesitaba hacer esta película. Hubiera podido conformarse con el legado de sus obras anteriores y su contribución al mundo del cine sería innegable.
Pero Coppola no es conformista. Coppola no es cómodo. Un recorrido por sus películas revela un patrón de constante riesgo. Dibuja la imagen no de un director con ganas de vender, sino de un artista con la necesidad inexorable de expresar su verdad, cueste lo que cueste.
Puede muy bien suceder que me vea Megalópolis y concuerde con las críticas. Es completamente posible que no me guste, y ya he hecho las paces con esta posibilidad. Lo que quiero resaltar, y lo que siento que las críticas ignoran, es el valor intrínseco en la obra de un artista que le aporta verdadero significado a esa frase tan trillada: hacerlo por amor al arte.
Coppola estrenó Megalópolis consciente de la resistencia que habría dentro de su público, ese que al parecer ha olvidado el valor de hacer arte para que sea longevo, para que desafíe lo establecido y se atreva a pensar de forma diferente. Coppola es uno de los únicos cineastas que aún entiende la importancia de pensar en el futuro, de evocar aquella reflexión de Van Gogh: pintar para personas que aún no han nacido.
Dentro de un mundo empecinado en cerrarse a lo distinto, prefiero ser abierto. Prefiero celebrar a quien decide darlo todo por su arte.





