¿Qué me deja el 2025?
Nandología Wrapped
El día de ayer, mientras me pasaba por Notes, me encontré con una página que, muy al ritmo de Spotify, te hace un “wrapped” de tu Substack (thank you Mills Baker for the link!)
Obviamente no pude resistir la tentación de generar el mío:
Esto me hizo darme cuenta de algo: hago muchos recuentos mentales sobre los aprendizajes que he tenido en el año, pero no he escrito mucho sobre ellos.
Así que aquí va lo que me deja este año.
1. La pregunta es en sí misma la respuesta.
La luz de una vela
se transfiere a otra vela
crepúsculo de primavera.
- Yosa Buson
En un mundo donde reina la inmediatez, es muy fácil y tentador caer en la costumbre de buscarle una respuesta inmediata a todas las dudas que nos surgen, primero a Google, ahora a ChatGPT. Empezamos preguntándole sobre ciertos datos curiosos y ahora estamos en el punto de pedirle acompañamiento psicológico. No voy a mostrar datos estadísticos aquí porque están de fácil acceso en Internet, pero es indudable que el principal uso de estas herramientas se ha vuelto el de usarlas como terapia emocional. Lo veo en mis círculos sociales cercanos y admito que lo he hecho también en momentos de desespero.
Puede parecer una maravilla, pero hay un valor intrínseco en la misma duda, en la pregunta, que Adam Aleksic exploró muy bien en su artículo the importance of not knowing. No poder tener la respuesta a la mano nos obliga a soportar una batalla interna con nuestras inseguridades, con esas emociones que intentamos adormecer con microdosis de dopamina. Es en la vista de esa sombra que podemos encontrar la luz que tanto nos hace falta. Han sido quienes se han permitido convivir con la ausencia de certeza los que logran construir (y luego exponer) sus verdades ante el mundo.
Este año, me he permitido sentarme junto al no saber, al no sentirme cómodo, a descubrir quién soy cuando nadie me lo puede decir. Lo que he aprendido sobre mí mismo no tiene precio.
2. Las amistades verdaderas se basan en el beneficio de la duda.
Bajo la sombra de los cerezos
incluso aquellos que no conocemos
ya no son extraños.
- Kobayashi Issa
Díganme si esta situación les suena conocida:
Estás en su casa un viernes, y una amistad te llama para invitarte a un plan. Has tenido una semana dura en el trabajo y no has logrado dormir bien, por lo que quedarte en casa en tranquilidad hoy es lo que más deseas. No obstante, te da miedo que decirle que no a esta invitación signifique que no te vuelvan a avisar en el futuro, que te perciban como una persona de poca confianza o disposición. Es más, hasta recuerdas que cuando has dicho que no en alguna otra ocasión, esta amistad se victimizó de tal forma que el solo pensamiento de pasar por ello otra vez te produce ansiedad.
Entonces dices que sí. ¿Y sabes qué? Hasta logras hacer de la noche un rato ameno. Pero hay una espinita al fondo de tu cerebro que no te deja en paz, algo que no te termina de cuadrar.
Piensas “Ojalá tuviera la libertad de decir que no cuando no quiero, pero bueno, quizás de eso van las amistades.”
Mi paso por distintos tipos de amistades a lo largo de mis treinta años de vida me han demostrado dos cosas:
Una amistad basada en condicionamientos de este tipo es más un ejercicio performativo (y uno innecesariamente sufrido, debo agregar) que una relación real.
Una verdadera amistad se basa en la comprensión, la paciencia y la sinceridad.
Cuando hablo del beneficio de la duda en el marco de una amistad, me refiero a que no se asumen malas intenciones. Si algo, las personas que puedo llamar amigas hoy son las que han visto mis períodos emocionales complejos con ojos de compasión y disposición de ayudar, y sé que pueden esperar lo mismo de mí.
Una persona que quiero mucho alguna vez me dijo: si la verdad hace que una amistad se acabe, entonces esa amistad nunca debió existir en primer lugar.
3. Las mejores cosas en esta vida son las que se acaban.
Este mundo de rocío
mundo, como es, de rocío
y, con todo…
- Kobayashi Issa
En mi niñez, me encantaba tener amigos invitados en mi casa. Me gustaba compartir con ellos libros, juegos, películas, todas las expresiones de quien era en ese momento y de quien sigo siendo hoy.
Sin embargo, el momento de su despedida siempre me daba durísimo. Suena inverosímil, pero desde los cinco años me he venido preguntando por qué las mejores experiencias en la vida se tienen que acabar. Este cuestionamiento siempre ha hecho parte intrínseca de mi personalidad (afortunadamente, Susan Cain ha hablado bastante de esto en su libro Bittersweet).
Hoy por hoy, luego de innumerables muertes y despedidas, sé que es el carácter efímero de la felicidad, del amor, de lo memorable, de la vida misma, lo que les da tanto valor en mi alma. Sé que ver los cerezos en flor por un instante hace que valga la pena la espera durante el resto del año. Sé que el atardecer es hermoso por su brevedad. Sé que atreverse a amar a alguien para sentirse amado de vuelta, así sea por un momento fugaz, hace que el inexorable dolor subsecuente valga la pena.
Lo sé, incluso si aún, de vez en cuando, batalle con el dolor del adiós.











