Ser mi propio hogar
Algo que duele más de lo que debería.
Este texto es un experimento. Decidí transcribir unos pensamientos grabados en voz y convertirlos en un artículo, de modo que el pensamiento estuviera lo menos filtrado posible. No fue escrito desde la razón, sino desde la necesidad de capturar lo que sentía en un momento concreto.
Mucho se ha dicho sobre cómo, en nuestra infancia, somos libres de vivir e imaginar la vida como nos dicta el instinto. Podemos construir en nuestra imaginación cualquier existencia que nos haga sentido.
Pero al crecer, paso a paso, el mundo empieza a pedirnos que nos alineemos: que sigamos normas, límites y estatutos para alcanzar lo que —según otros— es la felicidad. Una y otra vez escuchamos que hay cosas que “necesitamos” para ser felices.
Me alegra vivir en una época en la que muchos de esos ideales han sido desafiados, cuestionados, reevaluados, o incluso eliminados: la necesidad de tener casa propia, de poseer un automóvil, de alcanzar ciertos títulos para ser “alguien”, de encajar en una orientación sexual para ser considerado “normal”.
Sin embargo, hay un ideal que me ha costado más encontrar quien cuestione: la vida en pareja como meta obligatoria.
Yo he vivido el amor romántico, y me siento agradecido por todo lo que me ha dado: momentos hermosos, aprendizajes profundos, descubrimientos sobre mí mismo y sobre los giros impredecibles de la vida.
Pero cuando observo mi vida con lupa, me doy cuenta de que la vida en pareja nunca fue un sueño para mí. No fue un ideal a perseguir, ni un vacío que necesitara llenar. Siempre me he sentido pleno a través del amor de mi familia, el cariño de mis amistades, la pasión por mis intereses, la curiosidad que me mueve a aprender.
Cuando he sentido incomodidad, ha sido por la presión externa: esa voz que insiste en decirme que si no deseo ese ideal, algo está roto en mí. Y, curiosamente, incluso personas que han desafiado otros estándares de vida a su manera, son a veces quienes más insisten en apretar esa supuesta “tuerca suelta” dentro de mí.
Cuando menciono en voz alta que tal vez la vida en pareja no sea algo que deseo, personas a las que quiero —incluso familiares— me miran como si estuviera desquiciado. Es doloroso tener que justificar mi manera de existir. Pero si la alternativa es vivir bajo las expectativas ajenas, prefiero atravesar este dolor, porque no hay dolor mayor que el de vivir una vida no auténtica, no fiel a uno mismo.
No sé muy bien por qué escribo esto. Quizás solo necesitaba exteriorizarlo. Quizás deseaba que alguien, navegando por aquí, encontrara en estas palabras un espejo.
Si es tu caso, quiero que sepas que no estás solo. Aunque no te vea, te reconozco. Al igual que deseo ser reconocido también.




Que difícil es adultecer y darse cuenta de que no cumples con todos esos parámetros que te aprueban como ser socialmente correcto… 🥲