Una nota sobre los ritos de paso
Mi vida en los últimos meses se ha desenvuelto de tal forma que varios cambios pasaron casi que al mismo tiempo:
Regresé a Colombia luego de un año en España. Consideré brevemente intentar quedarme en España, así que la decisión de volver a mi raíz fue una muy contundente a nivel personal.
Me mudé de mi casa de familia a vivir solo. Construir mi espacio personal, mi hogar, es algo que vengo haciendo internamente, en mi alma, desde hace mucho tiempo, y ya sentía que era hora de traducirlo en acciones que implicaran más compromiso (esencialmente conmigo mismo).
Renuncié al trabajo al que he dedicado los últimos cinco años de mi vida. La persona que soy ahora es completamente distinta a la que era cuando recién entré en dicho trabajo, y la gratitud que siento con todas las personas y experiencias que me han formado en estos años es incomensurable. Son memorias que llevaré conmigo a mi nuevo trabajo y donde sea que la vida me lleve.
Dios y la vida me han enseñado que los cambios sacuden las fibras más profundas de nuestra alma, y que hacerle honor a los momentos de transición no es meramente aconsejable, sino necesario. No por nada organizamos eventos alrededor de los cumpleaños, los fines de año, los nacimientos e incluso las muertes. El duelo por el fin de una época y la celebración por el comienzo de otra son puntos de inflexión que deben reconocerse y conversarse en voz alta, a pesar de la supuesta frialdad que quieran promover algunas personas bajo el pretexto de “fortaleza” u “hombría”. Como dirían en Colombia, yo no como de ese cuento.
Es por eso que organicé algo pequeño en mi nuevo hogar, un compartir con las personas que me han acompañado en este camino. Porque gracias a Dios tengo la bendición de poder transitar estos cambios con personas, con almas, que quiero con todo el corazón.
A continuación un retrato de esa alegría:



